
Balizamiento del río Guadalquivir
Abandonamos nuestro pantalán exultantes, impulsados por los cuatro caballos de nuestro pequeño fueraborda, bajo un cielo azul intenso. En poco tiempo llegamos a la esclusa en donde tuvimos que esperar la apertura de sus compuertas para poder dejar atrás la dársena y acceder al cauce vivo del río. Bajaba la marea y el efecto nos favorecía claramente, se traducía en una velocidad de 8 nudos, de ellos aproximadamente 3 nudos nos lo regalaba la corriente.

Pantalán en la Puebla del Río
A la altura de La Puebla del Río decidimos atracar en un pequeño pantalán que da acceso al restaurante "El Rezón" para tomar un refrigerio.
No recuerdo cuanto tiempo estuvimos allí, pero cuando salimos era de noche. Como el barco no disponía de luces de navegación, decidimos fondear en el río y continuar al día siguiente. Dicho y hecho filamos cadena a veinticinco metros de la orilla, dejando margen para no quedarnos en seco cuando bajara la marea, la sonda manual marcaba cuatro metros de profundidad. El fondeadero elegido era muy agradable. Allí pasaríamos bien la noche.

Lugar elegido para el fondeo
Serían las once de la noche cuando escuchamos, desde la oscuridad de nuestras literas, un ruido como un zumbido, que se aproximaba hacia nosotros. Se trataba de una enorme ola originada por un barco portacontenedores de casi 200 metros de eslora que se dirigía a Sevilla y que pasó a cincuenta metros de nuestro barco. La ola al colisionar por nuestro través a punto estuvo de hacernos volcar. Caímos al suelo junto al resto de los enseres. Sin duda, uno de los sustos más grandes de mi vida.

Cruce de mercantes frente a La Puebla del Río
Intentamos reponernos del incidente, pero ya no podíamos dormir. Un barco es como una caja de resonancia en donde cualquier ruido exterior se muestra en el interior multiplicado por tres. Cualquier ruido nos alarmaba. Se produjo el cambio de marea y el consiguiente borneo. La marea bajaba con fuerza y las cañas y palos que el río arrastraba golpeaban el caso. Mi hermano se quedó dormido y comenzó a roncar con entusiasmo. Estaba clara mi condena a no pegar ojo en lo que restaba de noche.

Decidimos salir de aquel laberinto de palos. Levamos ancla a las cinco de la mañana, sin luces de navegación y con niebla iniciamos un descenso del Guadalquivir terrorífico, que será objeto de comentario otro día.

Atardecer en el Guadalquivir
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