domingo, 25 de enero de 2009

Viaje a los lagos. Capítulo IV y último.

Sábado Santo. Año 1.995.

Durante la noche habíamos desechado la idea de regresar a Sevilla, era más apetecible continuar nuestro viaje hacia las plácidas playas de la Costa del Sol y una vez allí ya veríamos como regresar. Para ser más exáctos nuestro viaje concluiría en Torremolinos.

Sin pensarlo dos veces recogimos nuestros pertrechos y pusimos rumbo a la bella población de Ardales principio o fin del Parque Natural según se mire. En la fuente de la plaza hicimos acopio de agua para nuestro viaje de aproximadamente 60-70 Km. Las provisiones se habían extinguido y no teníamos que llevar a la boca, ya comeríamos algo al alcanzar nuestro destino.

Los primeros tramos resultaron de extrema dureza por sus prominentes pendientes. El resto del camino, que buscaba el mar junto al río Guadalhorce, fue cuesta abajo. Nos dejábamos llevar disfrutando del paisaje. Aún así la falta de alimentos nos pasó factura y sufrimos de varias pájaras antes de alcanzar Torremolinos. Llegamos en un estado de forma lamentable.

Después de buscar entre los centenares de restaurantes de La Carihuela, encontramos la pollería más barata, no sólo de Torremolinos sino de España. Las últimas 600 pesetas las invertimos en un hermoso pollo y abundante pan para mojar en la salsa.

Con el estómago lleno esperamos plácidamente que cayera la noche sobre el muy animado paseo marítimo de Torremolinos.Entre tanto llamé a casa de mis padres desde una cabina de teléfono a cobro revertido para informarles un poco de nuestra situación y sugerirles que se pasaran a por nosotros el Domingo. Mi padre me dijo que nos volviéramos en bicicleta. Después de este fracaso la segunda llamada fue a mi hermano que aceptó a regañadientes porque según decía su Seat Panda sólo respondía en un radio de acción de 30 Km y no de 200 Km. Así que tendría que buscar otro coche para recogernos. Finalmente mi amigo Capitán accedió a dejarle su Ford Fiesta del año la pera. No concretamos la hora de la recogida, pero sí el lugar.

Llegado el momento plantamos la tienda en la playa y pasamos la noche roncando. Por la mañana recogimos la tienda temprano. En el interior de la misma encontramos un pan más duro que un cuerno. Había permanecido en el interior desde nuestra salida unos días antes y había convivido con calcetines y calzoncillos. Con un poco de salchichón seco me comí el pan. Mi amigo más sibarita no accedió a probar nuestra última dotación culinaria.

Domingo Santo.

La mañana dió paso a la tarde y esta a la noche, durante este tiempo nos tostamos al sol y acabamos como salmonetes. Por fin llegaron a las diez de la noche. Cenamos con enorme satisfacción. Sobre las doce de la noche embarcamos los cuatro y las dos bicicletas en el Ford Fiesta. El portón trasero no cerraba con las bicicletas así que fue abierto todo el viaje hasta Sevilla, con la consiguiente entrada de humo del tubo de escape. Llegamos a Sevilla sobre las dos de la mañana intoxicados, cansados, helados, pero con la sensación de haber realizado un viaje inolvidable.

2 comentarios:

Marina25 dijo...

Hola Álvaro, he llegado a tu blog por la más pura casualidad y no puedo dejar de felicitarte.

Acabo de leer estos 4 capítulos y me han encantado, lo he pasado superbien.

También tengo que mencionarte como muy buena la travesura del "casco" y como no "el gran batacazo", genial.

Prometo que leeré todo el blog y por supuesto sigue escribiendo así.
Gracias.

Álvaro GM dijo...

Muchas gracias por tu comentario